Un adelanto del libro

MASYTRON

Libro Primero

El prólogo y los dos primeros capítulos, con sus láminas

Lámina 1: Masy traza el círculo
Lámina 1

El nacimiento del Numiverso

El descubrimiento

Antes de que hubiera nada, había el Cero.

No era oscuro ni era luminoso. No hacía frío ni calor. Era una extensión de piedra clara, casi blanca, que no terminaba en ninguna parte, y un silencio tan amplio que no parecía la falta de algo, sino el lugar donde todo lo demás todavía no había llegado. No había horas. No había mañana ni ayer. Había, solamente, un espacio que esperaba sin impaciencia, como espera el papel antes de la primera letra.

Y en ese espacio estaba Masy.

Nadie podría haber dicho desde cuándo. Tampoco importaba, porque en el Cero la pregunta «desde cuándo» no tenía todavía hacia dónde mirar. Masy estaba sentado sobre la piedra, con las piernas cruzadas, y a su lado, echado sin hacer ningún ruido, estaba Nanouk, tan quieto que cualquiera que hubiera llegado en ese momento habría tardado en notarlo.

Pero nadie iba a llegar. Todavía no.

—¿Lo sientes? —dijo Masy, sin levantar la voz, porque en el Cero no hacía falta.

Nanouk levantó apenas una oreja.

—Algo está esperando —dijo Masy—. No sé todavía qué es. Pero está aquí. Siempre estuvo aquí.

Estiró la mano y la apoyó en el suelo, con la palma abierta, como quien busca el calor de una piedra que estuvo al sol. Después, muy despacio, empezó a trazar con el dedo. Dibujó una curva que se fue abriendo hacia un lado, bajó, dio la vuelta por abajo, subió por el otro lado, y volvió a subir hasta encontrarse exactamente con el punto donde había empezado, arriba, en lo más alto.

Era un círculo. Un círculo grande, del tamaño justo para que Masy y Nanouk cupieran sentados en su borde.

—Mira dónde empezó —le dijo a Nanouk, señalando el punto más alto—. Y mira dónde terminó. En el mismo lugar.

Ahí, en lo más alto del círculo, donde el trazo se había cerrado sobre sí mismo, Masy dibujó una forma pequeña y redonda, igual al círculo grande, pero del tamaño de una semilla.

—El Cero —dijo—. No es nada, y al mismo tiempo lo contiene todo. No es ninguna cantidad. Es el lugar. El espacio donde todo puede empezar a ordenarse. Y fíjate en su forma: no tiene comienzo ni final, o los tiene en el mismo punto. De aquí van a salir todos los caminos, Nanouk. Y a aquí van a volver.

Nanouk se acercó y olfateó la pequeña forma redonda, con cuidado, como quien saluda a alguien que acaba de conocer y que, sin embargo, le resulta familiar.

· · ·

Masy cerró los ojos.

No buscaba nada en particular. Solo dejó que lo que ya estaba en él se acercara: la sensación de ese lugar, la piedra bajo la palma, la presencia tranquila de Nanouk a su lado, la forma del círculo recién trazado. Lo que tenía. Lo que ya sabía. Lo que podía imaginar a partir de ahí.

Y entonces, sin ruido, algo apareció en el suelo.

Justo a la derecha del Cero, siguiendo el borde del círculo, había una marca que antes no estaba. Una línea sola, derecha, de pie. No la había trazado Masy. Estaba ahí, como si siempre hubiera estado y solo hubiera esperado a que alguien la mirara desde adentro.

Masy abrió los ojos y sonrió.

—El uno —dijo.

Nanouk se incorporó, dio una vuelta alrededor de la marca y volvió a echarse, esta vez un poco más cerca.

—¿Sabes qué es lo que acabo de hacer? —le preguntó Masy—. Pensé. Nada más que eso. Y lo primero que nace cuando alguien piensa es esto: el uno. El Pensamiento.

Se quedó mirando la marca un rato largo.

—Pensar es traer lo que uno ya tiene. Lo que recuerda, lo que sabe, lo que imagina. Nadie piensa desde la nada, Nanouk. Siempre se piensa desde algo. Un niño que perdió una pelota piensa dónde la vio por última vez, y eso es traer un recuerdo. Una mujer que quiere construir una casa la piensa antes de poner la primera piedra, y eso es traer una imagen que todavía no existe, pero que ella ya tiene adentro. Alguien que escucha una palabra que no conoce busca entre las palabras que sí conoce, y eso también es pensar. Todo pensamiento empieza así: mirando hacia adentro, hacia lo que ya está.

Tocó la marca con la yema del dedo, sin borrarla.

—Es la primera chispa. El primer contacto con cualquier cosa. Antes de hacer nada, antes incluso de saber si lo que uno pensó es cierto, está esto.

· · ·

Masy no se movió. Se quedó observando el uno, y esta vez no hacia adentro, sino hacia afuera: la marca tal como estaba, ahí, sobre la piedra. La miró de cerca y de lejos. Se preguntó si era de verdad una marca o solo una sombra. Se preguntó qué era exactamente lo que tenía delante.

Y junto al uno, siguiendo el borde del círculo, apareció otra forma. Esta tenía una curva arriba y una base plana abajo, como alguien que se inclina para mirar algo con atención.

—El dos —dijo Masy, en voz baja—. El Análisis.

Nanouk ladeó la cabeza.

—No podía aparecer antes que el uno —le explicó Masy—. ¿Te das cuenta? No se puede analizar lo que todavía no se pensó. El dos necesita algo que mirar. Analizar es eso: mirar lo que está aquí, ahora, y preguntarse si es lo que parece. Validar lo pensado. Estudiarlo.

Se inclinó un poco hacia la marca, como para mostrárselo.

—Alguien piensa que va a llover, y entonces sale a la ventana a mirar el cielo. Eso es analizar. Alguien prepara una sopa y la prueba antes de servirla. Eso también. Alguien piensa que un amigo está enojado con él, y antes de creerlo del todo, mira su cara, escucha cómo le habla, busca si hay algo más. El Análisis no inventa nada nuevo. Solo se toma el trabajo de mirar bien lo que ya hay.

Nanouk bostezó, largo, y Masy se rió.

—Sí, ya sé. Es el que menos ruido hace. Pero sin él, lo que uno piensa se queda sin comprobar. Y lo que uno hace se hace a ciegas.

· · ·

Entonces Masy se puso de pie.

No lo hizo con prisa. Se levantó como quien ya decidió algo, y dio un paso hacia adelante, fuera del lugar donde había estado sentado todo ese tiempo. Un solo paso. Pero era un paso hacia un lugar donde todavía no había estado.

Y en el borde del círculo, junto al dos, apareció la tercera forma: dos curvas, una sobre otra, abiertas hacia el mismo lado, como algo que avanza.

—El tres —dijo Masy—. La Acción.

Nanouk se puso de pie también, de un salto, como si el movimiento de Masy lo hubiera invitado.

—Actuar es lanzarse hacia lo que todavía no existe —dijo Masy, mirando la marca nueva—. Es el momento en que lo que se pensó y se analizó deja de quedarse adentro y se vuelve real. No es el primer paso de nada, Nanouk. Es el cierre de un camino que empezó en el uno y siguió en el dos. El tres no sabe estar quieto.

Volvió a sentarse, ahora frente a las tres marcas.

—Alguien piensa que tiene hambre, mira lo que hay en la cocina, y entonces cocina. Alguien piensa en una persona a la que extraña, analiza si todavía puede buscarla, y entonces la llama. Alguien piensa que el agua está fría, la prueba con la punta del pie, y entonces se tira de todas formas. Siempre igual. Primero el uno, después el dos, y después el tres.

· · ·

Se quedaron un rato mirando las tres formas, una junto a la otra, siguiendo la curva del círculo desde el Cero.

—Hay algo que casi nadie va a notar nunca —dijo Masy—: que los tres ocurren siempre, y siempre en ese orden. Incluso cuando uno no se da cuenta.

Pasó la mano por encima del suelo, sin tocarlo.

—Hay veces en que los tres pasan tan rápido que parecen uno solo. Allá, donde van a vivir los que vendrán, alguien va a tocar una olla que está al fuego sin darse cuenta de que quema. Y va a retirar la mano antes de saber siquiera que la retiró. Pero adentro, en un instante tan corto que no se puede medir, pasó todo: pensó «esto quema», analizó «me está haciendo daño», y actuó. Los tres. En orden. Sin pedir permiso.

Nanouk lo miraba con atención.

—Y hay otras veces en que cada paso toma días. O años. Alguien va a tener que decirle a otro una verdad difícil. Va a pensarla durante mucho tiempo, dándole vueltas. Va a analizar cada palabra, cómo va a sonar, qué va a pasar después. Y un día, por fin, va a abrir la boca. Es exactamente el mismo camino que el de la mano en la olla, Nanouk. Solo que caminado despacio, y a conciencia.

En ese momento, algo pequeño se movió en el aire del Cero. Una chispa diminuta de luz, que apareció un poco más allá del círculo y quedó flotando, temblando apenas.

Nanouk la vio. Se quedó inmóvil. Levantó las dos orejas, bajó un poco la cabeza, midió la distancia con los ojos. Y salió disparado detrás de ella.

La chispa se apagó antes de que la alcanzara. Nanouk se quedó mirando el aire vacío, desconcertado, y después volvió trotando hacia Masy, que se reía con ganas, como pocas veces.

—¿Viste lo que hiciste? —le dijo, rascándole detrás de las orejas—. La viste y supiste que era algo: ese fue tu uno. Te quedaste quieto midiendo si valía la pena y cuánto había que correr: ese fue tu dos. Y saliste corriendo: ese fue tu tres. Los hiciste los tres, en orden, sin que nadie te los enseñara.

Nanouk se echó a sus pies, con cara de no haber entendido nada, o de haberlo entendido todo desde siempre.

· · ·

—Van a venir personas —dijo Masy después de un rato, con la voz más baja, como quien empieza a contar algo que todavía no pasó—. Muchas. Y todas van a llevar los tres adentro. Pero ninguna los va a llevar igual.

Miró las tres marcas, una por una.

—Va a haber quien se quede en el uno para siempre. Que piense y piense, que imagine mil caminos, y que nunca dé el paso. Va a haber quien salte directo al tres, sin detenerse a mirar, y que después tenga que volver a recoger lo que rompió por el camino. Va a haber quien se quede atrapado en el dos, analizando tanto cada cosa que, cuando por fin decida, el momento ya habrá pasado. Y va a haber quien casi no piense por sí mismo, y actúe con los pensamientos que le prestaron otros.

Nanouk suspiró, largo, con la cabeza apoyada en las patas.

—No, no es triste —le respondió Masy, como si hubiera dicho algo—. Ninguno de ellos está mal hecho. Cada uno los lleva a su manera, y en esa manera también está quién es. Algunos van a necesitar aprender a quedarse más tiempo en el uno. Otros, a atreverse con el tres. Para eso va a servir este lugar, algún día. Para que cada uno vea cómo camina, y pueda caminar un poco mejor.

Se quedó en silencio. Y después agregó, casi para sí mismo:

—Algún día, allá, alguien va a encontrar estos tres también. Sin saber lo que son. Va a creer que sirven para contar. Y va a tener razón, a medias.

· · ·

El silencio del Cero volvió a acomodarse alrededor de ellos. Masy miraba las tres formas con una atención nueva, como si recién ahora las estuviera viendo de verdad.

—Hay otra forma de mirarlos —dijo, al fin—. Fíjate hacia dónde mira cada uno.

Señaló el uno.

—El Pensamiento mira hacia atrás. Todo lo que uno piensa lo trae de algo que ya fue: un recuerdo, algo aprendido, algo visto antes. Incluso lo que uno imagina está hecho de pedazos de lo que ya conoció. El uno es el pasado.

Señaló el dos.

—El Análisis vive en este instante. No se puede analizar lo que ya pasó ni lo que todavía no llegó; solo se puede mirar lo que está aquí, delante. El dos es el presente.

Y señaló el tres.

—La Acción construye lo que todavía no existe. Cada vez que alguien actúa, hace nacer algo que un momento antes no estaba. El tres es el futuro.

Nanouk se sentó, muy derecho, mirando las tres marcas.

—Pasado, presente y futuro —dijo Masy—. Siempre estuvieron aquí. Solo que ahora tienen nombre.

Se quedó mirando el uno y el tres, los dos extremos, con el dos entre ellos. Algo en su expresión cambió, como si acabara de notar una puerta en una pared que había mirado muchas veces.

—Nanouk —dijo, despacio—. ¿Qué pasaría si el pasado y el futuro se encontraran?

Nanouk ladeó la cabeza.

Y en el borde del círculo, justo después del tres, el espacio vacío pareció, por un instante, contener el aliento.

La evolución

Masy no respondió enseguida su propia pregunta. Se quedó mirando las tres marcas con la calma de quien sabe que lo que está por pasar no se va a ir a ninguna parte si se toma su tiempo.

—Vamos a jugar a algo —le dijo a Nanouk—. Un juego con dos reglas, nada más.

Nanouk se acomodó frente a él, del otro lado de las marcas, con las patas delanteras bien juntas, como quien se sienta a mirar algo importante.

—La primera regla es viajar en el tiempo —dijo Masy—. Tomar el primero de la fila y el último, el más antiguo y el más nuevo, y juntarlos. El pasado con el futuro. La segunda regla es quedarse en el presente: tomar los dos que están en el centro de la fila y juntarlos a ellos. Una vez una regla, una vez la otra. Siempre alternando.

Señaló el Cero, arriba, en lo más alto del círculo.

—El Cero no juega. No nace de nadie ni se junta con nadie. Él sostiene el juego. Es el lugar donde todo esto puede pasar.

Y después miró a Nanouk con una sonrisa que tenía algo de complicidad.

—Y hay algo más. Cada vez que busquemos un número nuevo, voy a hacer lo mismo que estos tres me enseñaron. Primero voy a pensar. Después voy a analizar. Y después voy a actuar. Así vamos a saber si lo que nos enseñaron es verdad.

· · ·

Masy cerró los ojos para el primero.

—Pienso —dijo en voz alta, despacio, como quien camina por primera vez un sendero—. ¿Qué tengo? Tengo el uno, el dos y el tres. El primero de la fila es el uno, el Pensamiento: el pasado. El último es el tres, la Acción: el futuro. Esto es lo que ya está.

Abrió los ojos y miró las marcas.

—Analizo. —Se quedó en silencio un momento—. Si los junto, el pasado se encuentra con el futuro. Pensamiento y Acción. ¿Y si no nace nada? ¿Y si el pasado y el futuro no tienen nada que decirse?

Nanouk lo miraba sin moverse.

—No —dijo Masy, al fin—. Sí tienen. Hay un momento, entre pensar y actuar, en que uno puede mirarse a sí mismo antes de salir hacia los demás. Ese momento existe. Lo sé.

Y entonces actuó: acercó la mano al uno y al tres, sin tocarlos, como quien los presenta el uno al otro.

Junto al tres, en el borde del círculo, apareció una forma nueva. Tenía una línea que bajaba en diagonal, otra que la cruzaba de lado a lado y una tercera que caía derecha, firme, como algo que no necesita apoyarse en nada para estar de pie.

—El cuatro —dijo Masy, y su voz sonó más suave que antes—. Humildad.

Nanouk se acercó a mirarlo. Lo olfateó con más cuidado que a los otros, como si este fuera distinto.

—Es el primero que nace de la unión de otros dos —le explicó Masy—. Nace del uno y el tres, del Pensamiento y la Acción. Por eso es lo que es: pensar sobre uno mismo antes de actuar frente a los demás. Reconocerse tal cual se es, sin agrandarse y sin esconderse, antes de dar el paso. Humildad no es creerse poco. Es verse con exactitud. Y eso solo puede pasar cuando el pensamiento se detiene a mirar a quien va a actuar.

· · ·

—Ahora la otra regla —dijo Masy—. Quedarse en el presente.

Esta vez no cerró los ojos.

—Pienso: la fila es uno, dos, tres, cuatro. Analizo: los dos del centro son el dos y el tres. Análisis y Acción.

Hizo una pausa brevísima.

—Actúo.

Junto al cuatro apareció el cinco: una línea arriba, una bajada corta, y una curva abierta abajo, como alguien que se inclina hacia otro con los brazos abiertos.

—Compasión —dijo Masy—. Nace del dos y el tres. Del Análisis y la Acción: el entendimiento que se vuelve movimiento.

Se quedó mirándolo un momento más largo.

—Allá van a confundir esto muchas veces, Nanouk. Van a creer que la Compasión es sentir lástima desde lejos. Mirar el dolor de otro y decir «pobre». Pero eso es solo el dos: entender. La Compasión es cuando ese entendimiento se levanta y camina. Cuando cruza. No es mirar el dolor ajeno. Es ir hacia él.

Nanouk se había echado junto al cinco, con la cabeza apoyada casi encima.

—Sí —le dijo Masy—. A ti este te gusta.

· · ·

—Viaje en el tiempo otra vez —dijo Masy—. El primero de la fila y el último.

Miró las marcas, una por una, desde el uno hasta el cinco.

—Pienso. El primero sigue siendo el uno. El pasado no cambia nunca, ¿te diste cuenta? Siempre vamos a volver a él. Y el último, ahora, es el cinco.

Y se detuvo.

No dijo nada durante un rato. Nanouk levantó la cabeza, miró a Masy, miró el espacio vacío que quedaba después del cinco en el borde del círculo, y volvió a mirar a Masy, esperando.

—Analizo: Pensamiento y Compasión —dijo Masy, al fin—. Pensar en la compasión. En la que uno recibió.

Actuó. Y junto al cinco apareció el seis, una curva que bajaba y se enroscaba sobre sí misma, cerrándose abajo, como algo que se guarda con cuidado.

—Gratitud —dijo Masy—. Nace del uno y el cinco. Del Pensamiento y la Compasión: detenerse a sentir de verdad lo que se recibe. Cuando alguien cruzó hacia ti, cuando alguien te dio algo sin que se lo pidieras, la Gratitud es el momento en que te detienes a pensarlo. A darte cuenta. Sin eso, lo recibido pasa de largo, como si nunca hubiera llegado.

Nanouk se estiró hacia el seis y lo tocó apenas con la nariz.

· · ·

—Presente —dijo Masy, y ya no hizo falta que explicara la regla—. Los dos del centro.

Pensó: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Analizó: en el centro, el tres y el cuatro. La Acción y la Humildad.

—Actuar desde la Humildad —dijo en voz baja—. Actuar sabiendo quién es uno, sin grandeza. Y seguir actuando.

Junto al seis apareció el siete: una línea arriba y otra que bajaba en diagonal, larga, sin quebrarse, como un camino que alguien decidió recorrer hasta el final.

—Lealtad. Nace del tres y el cuatro. El compromiso que se sostiene en el tiempo, hecho no desde la grandeza, sino desde el reconocimiento honesto de que sostenerlo cuesta. Cualquiera puede prometer algo en un momento de entusiasmo, Nanouk. La Lealtad es seguir haciéndolo cuando el entusiasmo se fue, y ya nadie está mirando.

· · ·

El ritmo había cambiado. Masy ya no se detenía tanto entre un paso y otro, y Nanouk, que había estado mirando cada marca después de que apareciera, empezó a hacer algo distinto: antes de que Masy terminara de pensar, se levantó, caminó por el borde del círculo y se sentó justo en el espacio vacío que seguía después del siete.

Masy lo miró, sorprendido, y se rió.

—Ya lo entendiste.

—Viaje en el tiempo —siguió—. El primero, el uno, que nunca cambia. El último, el siete. Pensamiento y Lealtad.

Nanouk se apartó apenas, justo a tiempo, y ahí, donde había estado sentado, apareció el ocho: dos círculos, uno sobre otro, unidos en el centro, como alguien que se mira en un espejo y se reconoce.

—Sinceridad —dijo Masy—. Nace del uno y el siete. Pensar con honestidad sobre uno mismo, sostenido por la lealtad a la propia verdad. No a la versión vieja de uno que ya no es cierta. Ser sincero no es solo decirles la verdad a los demás, Nanouk. Primero es dejar de mentirse a uno mismo.

· · ·

Ya casi no quedaba borde libre en el círculo. Entre el ocho y el Cero, allá arriba, en lo más alto, había espacio para una sola marca más.

Masy ni siquiera cerró los ojos. Miró la fila entera, del uno al ocho, y los dos del centro se le mostraron solos, como si lo hubieran estado esperando: el cuatro y el cinco. La Humildad y la Compasión.

Esta vez no dijo nada en voz alta. Pensó, analizó y actuó en un solo movimiento, tan natural como respirar, y fue Nanouk quien se quedó mirándolo, como si notara la diferencia.

Junto al ocho apareció el nueve: un círculo arriba y una línea que bajaba desde él, como una fruta que cuelga de su rama, lista para soltarse.

Y el nueve quedó justo al lado del Cero. Tocándolo casi.

El círculo estaba completo.

—Generosidad —dijo Masy, con una voz que sonaba a final—. Nace del cuatro y el cinco. Reconocerse tal cual se es, y cruzar hacia el otro sin que ese cruce te defina. Es el último de los que nacen. El ciclo entero de aprender sobre uno mismo, si se hace bien, termina aquí: en la entrega hacia otro. No se cierra hacia adentro. Se cierra hacia afuera.

Nanouk miró a Masy.

—Te diste cuenta, ¿no? —le dijo Masy—. Al principio tuve que nombrar cada paso para no perderme. Ahora, con el nueve, los hice sin pensar en ellos. Lo que uno hace despacio y a conciencia muchas veces, un día se vuelve natural. No dejó de ser pensar, analizar y actuar. Solo que ya no hace falta decirlo en voz alta.

· · ·

Masy miró el círculo durante un largo rato. Después, como si todavía faltara algo, volvió a la primera regla.

—Viaje en el tiempo —dijo—. El primero y el último. El uno y el nueve.

Pensó: el uno, el pasado que nunca cambia; el nueve, lo último que había nacido. Analizó: uno y nueve serían diez.

Y no actuó.

Nanouk lo miró, esperando. Masy negó despacio con la cabeza.

—Diez ya no es un número nuevo, Nanouk. Es el uno y el Cero juntos. Es volver a empezar. Y mira el círculo: no queda lugar. El nueve está tocando al Cero.

Se quedó en silencio un momento.

—Pensé. Analicé. Y lo que el análisis me dijo fue que no había que actuar. Eso también es parte de la Acción: saber cuándo no dar el paso. Allá, casi nadie va a entender esto. Van a creer que no actuar siempre es miedo, o flojera. A veces lo es. Pero a veces es exactamente lo que corresponde.

· · ·

Masy recorrió el círculo con la mirada, marca por marca, y empezó a notar cosas que no había buscado.

—Fíjate —dijo—. Cada vez que viajamos en el tiempo, uniendo el pasado con el futuro, nació un número par: el cuatro, el seis, el ocho. Y cada vez que nos quedamos en el presente, nació uno impar: el cinco, el siete, el nueve. Siempre. Sin ninguna excepción.

Nanouk movió la cola, una sola vez.

—Y hay algo más. Para llegar a algo nuevo, siempre tuvimos que volver al uno. Al Pensamiento. El pasado nunca cambió: fue el mismo uno desde el principio. Pero el futuro fue cambiando cada vez, porque el futuro siempre era lo último que había nacido. —Sonrió—. Nadie crea nada nuevo sin volver primero a pensar desde donde está. Y todo lo que se crea se vuelve, enseguida, el borde desde donde se va a crear lo siguiente.

Miró el Cero, arriba, en lo más alto.

—Y él no nació de nadie. No se juntó con nadie. Y sin embargo, sin él, ninguno de los otros habría tenido dónde aparecer. Los nueve nacieron de una sola raíz, el uno, el dos y el tres, y el Cero los contiene a todos sin pertenecer del todo a ninguno.

Pasó la mano, muy despacio, por encima del círculo entero, sin tocarlo.

—Diez. Ni uno más, ni uno menos. Nada falta, y nada sobra.

· · ·

Entonces el círculo empezó a brillar.

No fue de golpe. La luz nació primero en el Cero, arriba, en el punto donde el trazo se había cerrado sobre sí mismo, y desde ahí fue avanzando por el borde, marca por marca, en el mismo orden en que habían ido apareciendo. Cada número se encendía un instante antes que el siguiente, hasta que el último, junto al Cero, se encendió también, y el círculo entero quedó brillando con una luz dorada, tibia, que no hacía sombra.

Masy no apartó la mirada. La luz subió desde el suelo, lo alcanzó, y por un momento pareció atravesarlo, como el sol atraviesa el agua quieta. Cuando se retiró, algo de ella se había quedado en él. Masy lo supo sin necesidad de pensarlo, ni de analizarlo: ese orden, esa luz, esa primera vez, iban a estar en él desde ese instante y para siempre.

Nanouk se había quedado quieto, mirando. Y de pronto se puso de pie, de un salto, raudo, como si algo lo hubiera llamado.

Corrió por el borde del círculo en el sentido contrario. Empezó por el último que había nacido y fue pasando por cada marca hacia atrás, sin detenerse, y a su paso cada número volvió a encenderse, uno detrás de otro, con la misma intensidad que antes o todavía más. Así llegó al Cero, y ahí se detuvo, y se echó encima de él, jadeando apenas, con los ojos todavía llenos de esa luz.

Masy lo miró largamente. No dijo nada. Algo de esa luz, recorrida al revés, se había quedado también en Nanouk, y los dos lo sabían.

· · ·

Pasó un tiempo que en el Cero no se podía medir.

La luz del círculo se fue apagando despacio, pero las marcas siguieron ahí, sobre la piedra clara, cada una en su lugar.

—Cada uno de estos es un rasgo de lo que significa ser humano —dijo Masy, al fin—. Antes de ser una cantidad, antes de servir para contar nada, cada número es eso. Y cada uno es tan grande que cabe un universo entero adentro. Un universo del Pensamiento. Un universo de la Humildad. Un universo de la Generosidad. Diez universos, uno por cada número.

Se quedó pensando en la palabra, como quien prueba el sabor de algo nuevo.

—Un universo de números —dijo—. Un Numiverso.

Nanouk levantó la cabeza.

—Sí —le dijo Masy—. Así se van a llamar.

Miró el Cero una vez más, el lugar donde había empezado todo, el lugar donde Nanouk seguía echado.

—Y este va a ser el principio y el fin de todos los caminos. Los que vengan van a llegar aquí primero. Desde aquí van a salir a caminar los otros nueve, buscando conocerse a sí mismos. Y cuando hayan caminado lo que tengan que caminar, van a volver aquí. Siempre aquí.

· · ·

Nanouk se incorporó de golpe.

Tenía las orejas levantadas y la mirada fija en un punto lejano del Cero, donde no había nada que ver. Se quedó así, completamente quieto, como si escuchara algo que llegaba desde muy lejos, por debajo del silencio.

Masy siguió su mirada, y sonrió.

—Sí —dijo—. Ya empiezan a venir.

Nanouk lo miró un instante, como pidiendo permiso. Y después echó a andar, sin prisa y sin mirar atrás, hacia ese punto donde no había nada, hasta que el Cero se lo tragó con la misma naturalidad con que se traga todo.

Masy se quedó solo, sentado junto al círculo.

Y en otro lugar, muy lejos de allí, en una plaza vieja de plátanos orientales, en una tarde que parecía como cualquier otra, algo en el aire empezó a cambiar.

Lámina 2: Masytron en la plaza
Lámina 2

1 · La llegada

Nadie pudo decir después, con certeza, el momento exacto en que empezó. Los relatos no coincidían en la hora, ni en el sonido —algunos jurarían haber escuchado un zumbido grave, como el de un motor muy lejano; otros insistirían en que no hubo sonido alguno, que el silencio mismo se había vuelto, por un rato, más denso de lo normal. Lo único en lo que todos coincidían era el lugar: la plaza vieja del barrio, la de los plátanos orientales y la fuente que llevaba años sin agua, la que los vecinos cruzaban todos los días sin mirarla, como se mira cualquier cosa que siempre ha estado ahí.

Era media tarde. El sol caía oblicuo sobre las bancas de piedra, y un par de palomas picoteaban migas junto al kiosco cerrado de diarios. Todo era, en apariencia, un día como cualquier otro.

Y entonces, sin que nadie pudiera decir qué había cambiado exactamente, algo en el aire de la plaza se sintió distinto. No fue un relámpago ni una sacudida. Fue más bien como el instante en que uno entra a una habitación y sabe, sin necesidad de mirar, que hay alguien más ahí adentro.

Donde antes solo había baldosas agrietadas y la sombra larga de los plátanos, empezó a alzarse una silueta. No apareció de golpe —los pocos testigos de ese primer minuto coincidirían, más tarde, en que fue como ver crecer una duna con el viento: algo que se acumula sin que se pueda señalar el instante exacto en que empezó a existir. Metal oscuro, casi negro, veteado de líneas doradas que parecían respirar más que brillar, se fue levantando desde el centro mismo de la plaza vieja, tomando la forma de una estructura circular, alta como un edificio de tres pisos, cuyos bordes no terminaban de definirse del todo, como si la propia idea de «borde» le costara aplicarse a aquello.

En su centro, un gran círculo —un aro inmenso, tan grande que un hombre adulto hubiera cabido de pie diez veces dentro de su diámetro— giraba despacio, sin ruido, sin roce visible con nada que pudiera sostenerlo. Alrededor de ese aro central, diez marcas se distribuían en un arco perfecto, cada una distinta, cada una guardando, sin que nadie lo supiera todavía, un número.

Los primeros en notarlo fueron un grupo de adolescentes que volvían del colegio, y que se detuvieron en seco a media cuadra, mochilas colgando de un solo hombro, sin saber si acercarse o correr. Después llegó un hombre mayor que paseaba a su perro, y que se quedó parado con la correa floja en la mano, mirando aquello con una mezcla de asombro y la vaga sospecha de que, a su edad, ya no debería sorprenderle nada. Poco a poco, la plaza vieja empezó a llenarse de gente que se detenía, que sacaba el teléfono, que hablaba en voz baja con el desconocido de al lado, como si el volumen normal de la voz fuera de pronto inapropiado frente a aquello.

Nadie se acercó, al principio. La estructura no emitía amenaza alguna —no había nada agresivo en su presencia, ninguna vibración que hiciera doler los dientes ni luces que encandilaran—, pero tenía el peso silencioso de las cosas demasiado grandes para entenderlas de un vistazo, y ese peso, por sí solo, bastaba para mantener a la multitud a una distancia prudente, formando un círculo cada vez más ancho alrededor del círculo de metal.

Al caer la tarde, cuando el sol ya rozaba los techos y las sombras de los plátanos se estiraban largas sobre la plaza, la máquina —porque para entonces ya todos la llamaban así, sin saber si el nombre le hacía justicia— seguía ahí, quieta y enorme, con su aro central girando sin ruido, esperando algo que la multitud todavía no sabía nombrar.

Lámina 3: Nadie la toca
Lámina 3

2 · Los que se atrevieron

En los días que siguieron, la plaza vieja dejó de ser un lugar de paso.

La gente llegaba a mirar, a especular, a fotografiar la estructura desde ángulos que ya se habían vuelto costumbre. Alguien dijo que era una instalación de arte contemporáneo, encargada por la municipalidad sin aviso previo. Alguien más, con mucha convicción y ninguna prueba, aseguró que era una antena de telecomunicaciones camuflada. Un grupo de niños juraba que de noche la máquina cantaba, aunque ningún adulto había logrado escuchar nada parecido a una canción. Los más jóvenes se acercaban a fotografiarse junto al aro, sin atreverse nunca a cruzar cierta distancia invisible, como si el cuerpo supiera algo que la mente todavía no terminaba de admitir.

Nadie la tocaba.

Hacían, en cambio, todo lo demás. Le daban vueltas a distancia, despacio, en círculos cada vez más amplios, como quien rodea a un animal dormido sin saber si de verdad duerme. Un hombre llegó una mañana con una cinta de medir y se fue a media tarde sin haber anotado nada: cada vez que la estiraba hacia la estructura, el borde que había elegido como punto de partida ya no estaba exactamente donde lo había dejado. Una señora se sentaba cada tarde en la misma banca, frente al aro, con un termo de té entre las manos, y no le contaba a nadie qué era lo que esperaba ver.

Y todos, tarde o temprano, terminaban mirando las diez marcas que rodeaban el aro. Todos las habían visto, y nadie lograba ponerse de acuerdo sobre qué había grabado en ellas. Algunos juraban que eran letras de un alfabeto antiguo; otros, que eran solo muescas, sin ningún significado. Un niño insistía en que eran números, y nadie le hizo caso. Lo único en lo que todos coincidían era en lo que el propio cuerpo les decía cada vez que alguno se acercaba más de la cuenta: que todavía no. Que esa distancia no se cruzaba sin una razón, y que ninguno de ellos la tenía.

Hasta que alguien lo hizo.

Fue un hombre de mediana edad, de esos que llegan tarde a todas las modas y por eso mismo a veces llegan primero a las cosas importantes. Se acercó una mañana temprano, cuando la plaza aún estaba casi vacía, extendió la mano despacio, como quien acaricia el lomo de un animal desconocido, y tocó el borde metálico de la estructura.

No pasó nada.

El metal estaba frío, ordinario, tan metal como cualquier otro metal, y el hombre retiró la mano con una mezcla de alivio y decepción, como quien esperaba un rayo y solo encontró una superficie más. Otros, envalentonados por su ejemplo, empezaron a hacer lo mismo en los días siguientes: apoyaban la palma, contaban hasta tres, la retiraban. La máquina no respondía a ninguno de ellos. Se quedaba ahí, imponente e indiferente, como una estatua que solo finge estar viva.

Y del otro lado de aquel aro inmenso —del otro lado, donde la piedra clara y la luz sin sol del Numiverso recibían cada gesto de la Tierra como quien mira a través de un cristal muy limpio— Masy observaba todo. Veía cada mano que se acercaba y cada mano que se retiraba sin nada. Veía a los que llegaban cada tarde solo para mirar desde lejos, sin atreverse jamás a cruzar esa distancia invisible. Y esperaba, con la misma paciencia con la que esperaba siempre, porque sabía —lo supo desde antes de que la máquina terminara de tomar forma en la plaza vieja— que no todos los que tocaran el metal iban a sentir nada. El metal no respondía a la mano. Respondía a otra cosa, más difícil de nombrar, que muy pocas manos llevaban consigo en el momento justo de tocar.

Enfermera Luna llegó a la plaza una madrugada, todavía con el uniforme puesto, todavía con el olor de doce horas de turno pegado a la piel. Había pasado la noche entera sosteniendo la mano de un paciente que no iba a llegar a la mañana, y lo sabía desde antes de empezar el turno, y aun así se había quedado, porque quedarse era lo único que sabía hacer bien. Cuando salió del hospital, el cielo todavía estaba oscuro, y sus piernas la llevaron —sin que ella decidiera conscientemente el camino— a cruzar la plaza vieja de regreso a casa, como hacía siempre. Se detuvo frente a la estructura sin saber muy bien por qué. Estaba demasiado cansada para tener miedo, demasiado vacía para especular como los demás. Solo estiró la mano, casi sin pensarlo, con el mismo gesto automático con que había estirado la mano tantas veces esa noche para sostener a alguien que no podía sostenerse solo.

Y en el instante en que su palma tocó el metal, algo respondió.

No fue un rayo, ni una luz cegadora. Fue, más bien, un calor breve que le subió por el brazo, como si la máquina hubiera reconocido, en su cansancio, algo que llevaba buscando desde siempre. Diez números aparecieron frente a sus ojos, ninguno escrito en ninguna parte; buscaron su lugar, uno a uno, y se quedaron quietos, en un orden tan claro y tan suyo como si acabara de nacer de ella.

4 7 2 9 1 0 6 3 8 5

Varios días después, en otra parte lejana de la ciudad, Joven Tomás se enteró de la máquina por su teléfono, como se enteraba de casi todo. Estaba en su cuarto, rodeado de apuntes que ya no le servían de mucho, con la sensación de siempre —esa de no saber bien qué hacer con el año que estaba por empezar— apretándole el pecho más de lo habitual. Vio el video que alguien había subido, la estructura enorme y silenciosa en medio de la plaza vieja, y sin saber muy bien por qué, cerró el cuaderno, se colgó la mochila sin pensarlo —la de siempre, la del gancho roto— y salió. Caminó una gran distancia hasta la plaza con las manos en los bolsillos, mirando de reojo a la gente que se acercaba y se alejaba sin atreverse a nada. Se quedó un rato así, observando, hasta que el sol empezó a bajar y la multitud se hizo más rala. Entonces, casi sin decidirlo del todo, caminó hasta el borde de la estructura y puso la mano sobre el metal, esperando —sin admitirlo del todo— que algo, cualquier cosa, le dijera por fin qué hacer con su vida.

El metal respondió con el mismo calor breve, la misma claridad repentina: diez números que aparecieron frente a él, buscaron su lugar y se quedaron quietos, en un orden que acababa de nacer y que solo podía ser suyo. Una serie de diez números diferentes a los que le había dado a Enfermera Luna días atrás:

6 3 9 4 8 1 5 7 2 0

Pasaron los días, y después las semanas, y la plaza vieja no volvió a ser la de antes. Llegaba gente de otros barrios, y después de otras ciudades. Vinieron técnicos de la municipalidad, con cascos y carpetas, que midieron lo que pudieron medir y se fueron sin explicar nada. Vino un profesor universitario que habló media hora frente a una cámara sobre materiales que no existían, y otro que lo desmintió al día siguiente. En los noticieros la llamaron de cinco maneras distintas, y ninguna le quedó. Ya casi nadie la tocaba: los pocos que lo habían intentado contaban que no pasaba nada, y la curiosidad se volvió, de a poco, una forma de respeto.

Todos querían saber lo mismo: qué era, de dónde había venido, y —esto lo decían más bajo— si así como había llegado, de un momento a otro, podía irse también, una tarde cualquiera, sin avisar. Había quienes cruzaban la plaza cada mañana solo para comprobar que seguía ahí. Y seguía. Los días pasaban, y la máquina seguía en su lugar, con su aro girando sin ruido, sin detenerse ni una sola vez, como si el tiempo de la ciudad no tuviera nada que ver con el suyo.

Niño Mateo ni siquiera sabía que la máquina significaba algo. Para él era, simplemente, la cosa nueva y enorme de la plaza donde jugaba todas las tardes, un obstáculo interesante para las carreras con sus amigos, una sombra fresca donde esconderse cuando el sol pegaba fuerte. Esa tarde jugaba a la pinta, corriendo entre las bancas de piedra, y en la persecución —riéndose, sin aliento, sin ningún pensamiento más grande que no dejarse atrapar— pasó rozando el borde de la estructura con la mano abierta, del mismo modo despreocupado con que un niño toca cualquier cosa que se cruza en su camino.

El calor le subió por el brazo con la misma suavidad con que había subido por el de Luna y por el de Tomás, y Mateo se detuvo en seco, a mitad de la carrera, mirándose la mano como si de pronto tuviera algo nuevo prendido a la piel. Sin siquiera darse cuenta del tiempo transcurrido, diez números aparecieron frente a él, y aunque no entendió del todo qué significaban, sintió —con esa certeza simple que solo tienen los niños— que eran suyos, de un modo en que muy pocas cosas antes lo habían sido.

5 3 8 9 2 4 6 0 1 7

Los leyó y los repitió un sinnúmero de veces, en ambos sentidos, y trató de alterar su orden sin éxito. Cada número permanecía inamovible en su lugar. Con ese ejercicio llegó a la conclusión de que eran los números del 0 al 9, sin repetir ninguno. Tras varios intentos sin poder alterar su orden, casi llegó a la conclusión de que esos diez números, y en ese orden, tendrían un significado especial para él.

Los tres, cada uno en su propio momento, en su propio día, sintieron lo mismo justo después del calor y los números: el mundo a su alrededor pareció detenerse un instante, y el gran aro central de la máquina, que hasta entonces solo había girado en silencio sin sentido aparente, se abrió —no como una puerta que se abre hacia un lado, sino como si el propio aire dentro del círculo hubiera decidido, por fin, dejar de ser solo aire. Y en ese instante, que solo se detuvo para quien había tocado la máquina, cada uno se desdobló sin saberlo: algo de cada uno —lo que siempre había sido y todavía no tenía nombre— siguió hacia el aro, mientras Luna, Tomás y Mateo bajaban la mano, sentían algo que no sabían nombrar y seguían su camino. Luna volvió a su casa después del turno; Tomás, a su cuarto lleno de apuntes; Mateo, a la persecución de sus amigos, que nunca supieron que el juego se había detenido por un instante.

Del otro lado, en la piedra clara del Numiverso, Masy ya los estaba esperando. A los tres a la vez, en tres puntos distintos de aquella misma vastedad, sin repartirse: entero en cada lugar, como si cada llegada fuera la única que estaba ocurriendo, y cada uno llevaba sus diez números, todos del 0 al 9, pero cada uno en un orden diferente.

Aquí termina el adelanto

La historia sigue

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